La situación es grave. La industria, el verdadero motor de nuestro pequeño país, está siguiendo en su declive a la caída de los servicios, tras la crisis inmobiliaria y financiera. El paro empieza a ser más que preocupante. En esta coyuntura,... ¿qué debemos hacer en el campo del urbanismo? ¿debemos aceptar el ciclo recesionista y esperar a tiempos mejores?
No. Como creo que el urbanismo es una función pública, en tiempos de crisis la gestión del territorio, pública también, ha de dar respuesta a la situación. En la industria "ladrillera", la aportación de fondos públicos para inyectar actividad contracíclica en infraestructuras y obra pública parece una aspirina, una venda en la herida, a lo sumo un torniquete de urgencia que puede parar la hemorragia durante un tiempo, pero que ni ataca los orígenes de la crisis ni creo que pueda sustituir la actividad mercantil generadora de empleo. No digo que no sea adecuada al momento: digo que es, será, insuficiente para paliar la enfermedad.
Y como tampoco soy ningún experto economista, no voy a aventurarme a proporcionar soluciones mágicas que aporten el remedio a todos nuestros males sistémicos. Pero en materia de suelo y de urbanismo, de ordenación urbana y gestión del territorio sí que sé algo, sí que he aprendido un poco en los casi veinte años que llevo de profesión, y en este ámbito quiero aportar mi pequeño grano de arena en estos tiempos difíciles.
Creo que debemos aprovechar la coyuntura y remar a favor de la corriente. La situación es tan complicada que no estoy seguro de que esta que propongo sea la mejor solución, pero es la única que por el momento se me ocurre. Los datos de entrada son, fundamentalmente, dos:
- la evidente devaluación del mercado del suelo, provocada por la drástica disminución de la demanda de vivienda (por sobresaturación, en algunos casos, y por déficit de financiación y sobreendeudamiento, en la mayoría de ellos) , y
- la favorable legislación del suelo que en los últimos años se ha promulgado en materia de valoración como de gestión pública tanto en España como en Euskadi.
Con estos mimbres, mi propuesta va dirigida a las administraciones. Sobre todo, a los ayuntamientos, principales actores del urbanismo, pero también a las entidades supramunicipales: forales, autonómicas y estatales. Se trata de aplicar recursos propios y, dado que los ingresos públicos también flojean en estos tiempos, el endeudamiento público necesario para adquirir suelo de reserva. Creo que utilizar la poca o la mucha financiación que seamos capaces en captar suelos para fundamentar la estrategia territorial de los años que vengan puede ser la solución, más sistémica que sintomática, a nuestros males actuales y sobre todo, futuros. Porque los ciclos, por lo que parece, se repiten, y cuando esta crisis se haya pasado, si seguimos haciendo lo mismo que hemos hecho hasta ahora, ocurrirá otra vez lo mismo. Y vuelta a empezar. La única manera que se me ocurre para evitar que volvamos a sufrir otra burbuja, otro engordamiento artificial del precio -que no el valor- del suelo, es precisamente la intervención decidida en este momento.
De la misma manera que opino que no deberíamos aportar fondos ni liquidez al sistema bancario o a empresas privadas utilizando recursos públicos sin intervenir en la estrategia de esas entidades "auxiliadas" desde lo público (mi opción sería aportar capital, sí, para ayudar a paliar la escasez de liquidez y financiación, pero con contrapartidas, sentándonos a la mesa de los consejos de administración de esas empresas "ayudadas" por todos, para conseguir que esos recursos públicos se utilicen para fines que convengan a la comunidad), de la misma manera creo que la intervención en el urbanismo ha de tener como protagonista la estrategia territorial conveniente a los fines colectivos. En este momento recesivo hemos de aprovechar tanto los bajos precios (reales, ajustados a su valor real) de adquisición de suelo de este momento y la favorable legislación para hacernos, desde la comunidad, con las bolsas de suelo que nos hacen falta hoy y nos harán falta dentro de unos años para equipamientos públicos, para industria, para vivienda, para parques y equipamientos deportivos, para hospitales y colegios, para carreteras o instalaciones de interés público, o para fomentar la actividad privada generadora de empleo. Es este el momento. Sé -por experiencia- que las necesidades de las administraciones son siempre superiores a sus recursos disponibles, como en cualquier organización humana. Pero creo que merece la pena invertir en futuro. Si dispusiera de esos recursos, haría lo posible por dedicar la mayor parte posible para invertir [cambiar] la tendencia futura, por invertir [capitalizar] en posibilidades futuras y en estrategia a medio y largo plazo, para evitar que se repitan los errores pasados. Y, en el ámbito del urbanismo, creo que esa inversión en futuro pasa, ahora mismo, por la adquisición de suelo, de grandes paquetes de suelo.
Todavía me "mojo" más: en la estrategia territorial vasca, ahora que estamos revisando las Directrices de Ordenación del Territorio, y que el suelo -como es evidente- está totalmente desprovisto de tensiones de mercado, que se puede adquirir por precios más que razonables, cuando no de ganga, es el momento de una apuesta valiente y alejada de localismos absurdos. El gran paquete de suelo apto para desarrollos de usos equipamentales, educativos, sanitarios, industriales, logísticos, innovadores, energéticos, residenciales,... de la comunidad autónoma vasca está perfectamente localizado, y sólo se puede eludir esta localización desde la negación de lo evidente o desde el localismo-foralismo mal entendido.
La gran oportunidad territorial vasca se llama Llanada Alavesa, el arco de oportunidad que su Plan Territorial Parcial traza entre Iruña de Oka y Agurain-Salvatierra cruzando el nodo de Vitoria-Gasteiz. Desde mi punto de vista, este es el momento de que las instituciones -municipales, forales, autonómicas, estatales- se hagan con una buena parte de la titularidad de los suelos que se consideren interesantes para el fin público, a su coste real -rústico, de valoración a origen, desprovisto de plusvalías urbanísticas- para reservarlo en función de las necesidades futuras de nuestro país. Las comunicaciones, la posición estratégica, las condiciones para la implantación de actividad urbanística, generadora de empleo y de riqueza, son las mejores de nuestro territorio.
A grandes males, grandes remedios. ¿Por qué no podemos hacer de necesidad virtud, y, por una vez, mirar un poco hacia el horizonte, evitar la miopía de centrarnos únicamente en la coyuntura actual, y preparar el futuro del país? Las condiciones creo que son las mejores para hacer esta inversión en espacios para mejorar nuestras condiciones de vida.
Otra de las vías de oportunidad que en tiempos de crisis se nos abren, y más cuando entendemos el urbanismo como una actividad de interés público, es la actuación de regeneración urbana con el enfoque de rehabilitación de barrios degradados, de aprovechamiento y puesta en valor del patrimonio edificado, pero la enjundia del asunto es tal que prefiero dejarla para otro articulito: sigo pensando que la vivienda más sostenible es la que no se construye. Pero esa es otra historia...
(Las imágenes las tomé en los fiordos noruegos, en julio de 2003)
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