¿Habéis visto la peli "Entre copas" (V.O. "Sideways")?
Además de una película bastante entretenida y de cierta calidad (aunque no creo que se pueda decir que sea una obra maestra, ni mucho menos), describe un escenario, un telón de fondo que me ha recordado muchísimo el paisaje de la Rioja Alavesa, que recorrimos hace unas semanas, en una excursión casi improvisada, acompañados de unos buenos amigos a los que hacía tiempo que no veíamos.
Además de las viñas, interminables, extendiéndose y ocupando toda la llanura entre la Sierra de Cantabria y los montes de Soria, al Sur, que recorren el Ebro y sus afluentes, la novedad que ha traído la promoción extraordinaria en los últimos años del consumo vinícola en estas tierras es, para mi deformada visión al menos, la proliferación de grandes bodegas como santuarios del líquido precioso. Y, como las catedrales del siglo XXI, se ha encargado a los más reconocidos arquitectos del momento la erección de estos edificios, mitad funcionales, mitad símbolos del poderío y calidad de sus mentores, y resultado indudable del próspero negocio que ha procurado el vino a estas tierras en los últimos años.
Así que, aunque como yo, no seas un experto en vinos -ni mucho menos- pero te gusta disfrutar de una buena copa de tinto o blanco de la tierra, y además te apetece disfrutar de una combinación excepcional de paisajes preñados de vides y pueblos y edificios antiguos y modernos, tienes la oportunidad a media hora de Vitoria-Gasteiz, en una de las mejores épocas, además, para visitar la Rioja Alavesa: cuando ya empieza la vendimia, y el principio del Otoño marca con tonos tierras los bosques de las laderas y las sierras más lejanas de las vides.

Es buena idea para iniciar el recorrido tomar como centro de operaciones Laguardia, un encantador pueblo donde el "poteo" de vinos de calidad es un deporte de obligada práctica, como complemento perfecto al paseo por sus calles empinadas, parte de un núcleo urbano medieval con una conservación extremadamente cuidada. En la foto, el saludo que en una de las puertas de entrada a la ciudadela amurallada recibe al visitante.
En este pueblo, además del casco histórico, entre éste y la cercana Sierra de Cantabria, y con ésta de telón de fondo y argumento formal, se ubican las bodegas Ysios, de Domecq, un llamativo edificio de Santiago Calatrava que remeda las formas sinusoidales de las olas o de las cumbres que tiene detrás con las cubiertas metálicas. El edificio no es precisamente el que más me gusta del mundo, y el vino de Ysios tampoco es -por lo poco que yo conozco, al menos- el que guarde una mejor relación calidad-precio de los que se pueden adquirir por la zona -que son muchos, por cierto-. Pero la posición del edificio delante de la sierra, separado del pueblo, y el efecto de su especial emplazamiento merecen al menos un vistazo. E incluso una foto.

En la población cercana de Elciego, la estrella mediática de la arquitectura más rabiosamente contemporánea y comercial, Frank Gehry, ha vuelto a montar "su" edificio. Se trata de las Bodegas Marques de Riscal, museo y hotelito incluido. A mí, personalmente -pero conste que es una opinión muy personal- ya me aburre con el mismo chiste de las placas de titanio que cambian de color según les dé el sol, sus cubiertas retorcidas y sus pastillas deconstruídas maclándose. Después del Guggenheim Bilbao, el Auditorio Walt Disney de Los Ángeles y tantos otros edificios que parecen cortados con los mismos patrones, no creo que siga siendo defendible que las mismas -exactamente las mismas- formas puedan responder a contextos tan diferentes como la ría de Bilbao, la Rioja Alavesa o L.A.

Por último, y aunque el edificio que sirve de sede a esta Bodega no pertenezca al mismo grupo que las dos anteriores, de "arquitecturas de autor", pretenciosas y grandilocuentes amagos de modernidad, sino que está más bien en la familia de las bodegas que yo llamo "de verdad" (las que contienen, fundamentalmente, vino), precisamente por eso os recomiendo su visita. En este caso, la razón es su producto, el vino que los hermanos Jesús y Félix Puelles, y su familia, elaboran con toda la sabiduría y cariño del que son capaces, en Ábalos, en las Bodegas Puelles.
Gracias al trato familiar y cercano de los Puelles el vino se entiende mejor. No sólo la explicación del laborioso y cuidadoso proceso de elaboración, sino sus matices, aromas y gustos se entienden mucho mejor. Todos los días, de lunes a sábado, "Chucho" (Jesús Puelles) acompaña a quienes lo deseen en una visita a su casa (su Bodega, que es lo mismo) con cata incluída que creo que merece más la pena por su autenticidad y calidad que las típicas visitas a grandes bodegas más conocidas, a mi modo de ver más artificiales, "de plástico".