En Abril de 2005 publiqué un artículo titulado "Mentiras sobre suelo y vivivienda" en mi primer intento bloguero. Luego lo reedité aquí. Hace cuatro años. La primera de esas falacias que entonces denunciaba, literalmente, aludía al artificial mecanismo de valoración del suelo:
1. “EL SUELO ES CARO PORQUE ES ESCASO”
Ahora el suelo supone entre el 30 y el 50% del precio de venta final de las viviendas libres, y hemos oído muchas veces culpar a la escasez de éste como causante de su carestía. Sin embargo, en los lugares y momentos en los que ha habido abundante suelo calificado sus propietarios lo han seguido reteniendo y modulando sistemáticamente su salida al mercado para evitar su saturación. En los años 80 en Vitoria, igual que en el Madrid de los últimos diez años, o en la costa levantina, murciana o andaluza de hoy mismo, la sobreabundancia de suelo por su puesta en el mercado no reduce su precio, y en algunos casos el efecto es hasta el contrario: el precio se fija, como veremos después, en función del producto final al que sirve de soporte, y las tensiones o rigideces de la oferta influyen, a veces, en sentidos contradictorios a los habituales, dada la especificidad del mercado inmobiliario.
En otros casos hemos de concluir que el suelo es caro porque sus propietarios hacen valer su escasez natural o provocada para sobrevalorarlo. El suelo en Eibar (valle estrecho entre montañas, agotado para la colonización de nuevos suelos de pendiente inferior al 25%) es más barato que en Madrid (en el centro de una llanura cuasi-ilimitada), primero porque los tenedores de suelo madrileños “hacen como” si el suelo fuera escaso aunque no lo sea, reteniéndolo y sacándolo al mercado en las cantidades limitadas y adecuadas para que mantenga la tensión la demanda, y además porque no se impone a esos suelos reservas de vivienda protegida, y por lo tanto, cuanto más pueda pagar el comprador por el producto final (la vivienda libre) en función de su renta disponible o los tipos de interés, más caro podrá pagarse el suelo, independientemente de su abundancia.
Esta falacia también tiene su contrafalacia: lo que en relación directa se comprueba contradictorio y falsario, en relación inversa curiosamente se constata su veracidad frente a la realidad. Cuando determinado bien no lo quiere nadie, su precio tiende a cero. Y cuando tal cosa ocurre, cuando nadie quiere adquirir algo, sea al precio que sea, por muy barato que parezca respecto a sus valores de referencia anteriores un determinado bien, su precio de mercado tenderá asintóticamente al más alto de estos dos valores:
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A cero, directamente, si el valor agregado al bien fuera nulo o de difícil cálculo dada su espiritualidad, su intangencia (caso de bienes intangibles, como los derechos de autor o intelectuales, por ejemplo).
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Al valor agregado de producción del bien (sin márgenes comerciales ni otros valores añadidos que no sean cuantificables, evidentes, ineludibles).
En este momento, cuando nadie quiere (por su sobreoferta) o puede (por las dificultades de financiación) adquirir ese bien, el precio del suelo fluctua entre ambos valores: el valor nulo o el agregado de su producción.
En la descomposición del valor de la vivienda, en consecuencia, el suelo, uno de sus componentes principales, tiende a valores nulos o a sus referencias de producción. Por tanto, el precio mínimo de su puesta en el mercado es el de su producción, eliminando de su valor añadido lo que realmente hoy no lo tiene (el suelo o su valor especulativo).
En coherencia con esta teoría, en épocas de sobreoferta o infrafinanciación, el precio mínimo de la vivienda libre tenderá a su valor real de producción, eliminando el valor especulativo del suelo. Como ya decíamos hace tiempo, bajo nuestras viviendas estábamos enterrando una alfombra de valor elevadísimo gracias a (o mejor, por culpa de) la sobreponderación debida a la capacidad de endeudamiento que se aplicaba a un bien imprescindible soportado en el suelo. Esa "alfombra" es precisamente lo que desaparece en estas épocas. Se volatiliza.
Aparte de consideraciones económico financieras más enjundiosas y comprometidas para la solidez de todo este tinglado (¿qué ocurre en el balance y cuenta de resultados de los agentes que adquirieron esos suelos "con alfombra de billetes de 100€ incorporada"...?) , a los efectos del precio final de las viviendas a las que el mismo suelo sirve de soporte, la conclusión matemática (que no tiene por que ser la efectiva, la real) es que la vivienda libre se acercará en su precio de venta hacia su precio real de producción.
Dicho en euros contantes y sonantes, y dado que sabemos -quienes producimos miles de viviendas al año damos fe- que el precio medio de producción de una vivienda, su valor de reposición, ronda los 100.000 €, y que el coste de producción del suelo es muy variable, pero su promedio por vivienda no suele -salvo excepciones- alejarse de los 20.000 €, incluyendo su valor inicial -rústico- y su precio de transformación -el coste de urbanización-, el valor mínimo al que tenderán los precios de vivienda-promedio no debería ser mucho mayor que su agregado. Unos 120.000 € por unidad. Lo que venía siendo los 20 kilos de los de antes. Y todo lo que suba de ese precio -para una vivienda "estandar"- será o bien margen comercial de los productores o intermediarios, o bien valor agregado al suelo por su componente especulativa derivada de su escasez y demanda, real o subjetivamente percibida (centro de las ciudades, zonas con poca capacidad de acogida...)
Conclusión: la vivienda bajará de precio, dada la actual coyuntura, hasta su valor de producción agregado. De media, unos 120.000 €. Sólo superarán ese precio en el mercado las viviendas que tengan una sobrevaloración cierta por su posición relativa, supuesta (percibida) escasez o demanda claramente superior a la oferta.
Es decir, que el precio de las viviendas libres se acercará a su valor real de producción. Como el acero. No está mal, como acercamiento de este sector a la economía real, ¿no?
(Las fotos las tomé el pasado jueves en San Antón-Miribilla, Bilbao)
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